Compartir bienestar 8

COMPARTIR BIENESTAR – DÍA 8

«SANAR LOS TRAUMAS DE LA INFANCIA«

Mensaje introductorio

Aquí estamos en un nuevo día compartiendo lecturas, sonidos, aprendizajes, reflexiones. Espero que estén disfrutando mucho de este recorrido.

En este caso, se nos presenta una lectura (que se las comparto adaptada, no textual) que arroja luz sobre un trauma que muchos solemos cargar sin saberlo, la denominada herida de la injusticia que termina influyendo en todos los aspectos de nuestra vida.

A través del texto, Anamar Orihuela nos invita a reconocernos en ese adulto herido y a hacernos cargo para comenzar a sanar, a disfrutar de la vida de una manera más relajada y, de esta manera, no perpetuar el trauma a las generaciones futuras.

Comenzar a observar nuestras emociones reprimidas como consecuencia del trauma, y abrirnos a ellas, a que se expresen y a escuchar lo que tienen para decirnos. Acompañamos la lectura con sonidos que nos ayudan a conectar con el sentir. Les recomiendo tomarse un momento para escuchar la música y conectar con el sonido del agua, sintiendo y observando cómo los atraviesa y moviliza así las emociones reprimidas que requieren de atención.

Material

INJUSTICIA

La injusticia es un dolor profundo porque violenta tus derechos. Se manifiesta como un enojo interiorizado en todos los ámbitos vulnerables, como son pobreza, niños, abuso, animales, discapacitados, ancianos e incluso la naturaleza. Todos los ámbitos donde hay desprotección y desventaja son áreas donde la persona que ha sido marcada por la herida de injusticia tiende a defender y pelear por justicia.

En la infancia, el sentimiento de injusticia nace de un estado de vulnerabilidad e indefensión ante una autoridad abusiva o una realidad injusta. Por ejemplo, si tu hermano nació discapacitado y sin el derecho de ser sano, o la pobreza en la que crecieron tus padres, o el abuso de tu padre autoritario, todas estas experiencias de impotencia, pueden crear un dolor de injusticia que te acompañará siempre.

La injusticia se da en posiciones padre-niño, jefe-empleado, gobierno-ciudadano; son posiciones de autoridad-subordinación, donde la experiencia de autoridad es abusiva, autoritaria o violenta, y se vive en estado de subordinación. Es un dolor que marca la vida de una persona y hace que su visión de la autoridad se tergiverse, para aborrecer a la autoridad o convertirse en esa misma autoridad abusiva consigo y con los demás.

Representa la falta de reconocimiento, abuso, poco aprecio, exigencia, dureza, falta de equidad, falta de respeto, u otros. Carecer de esto despierta la herida de injusticia de un niño que necesita reconocimiento. Y lo opuesto, tener más de lo que se cree merecer o lo que otros tienen, también despierta este sentimiento de injusticia. No sólo no tener, sino tener sin mérito, puede desarrollar esa herida.

Cuando un niño vive el dolor de la injusticia en paralelo experimenta un rechazo a esa realidad, a la autoridad, al abuso, a las realidades injustas. Por eso muchas personas que tienen la herida de injusticia también llevan la del rechazo. 

Vivir las heridas de la infancia es como estar en una infancia robada, donde no se tiene el derecho a ser niño. Tenerlo es poseer la libertad de ser, aprender, explorar, jugar, ser tú mismo, divertirte, crear, equivocarte, experimentar, ensuciarte, reír y disfrutar.

El ambiente en que crece una persona herida de injusticia suele ser rígido, duro, severo y/o muy autoritario. Ambos padres, o alguno de ellos, son perfeccionistas y perseguidores de errores. Cuando eres niño, la aceptación de tus padres es básica, y entonces empiezas a tener actitudes adultas, ya que observas que cuando no te equivocas y lo haces bien, ellos te aprueban, entonces encuentras una forma de complacer sacrificando tu espontaneidad.

Un padre con herida de injusticia no te da derecho a equivocarte, se siente realizado con hijos adultos, correctos, inteligentes que no cometen errores. Esto es muy difícil, ya que un niño no está listo para la vida adulta.

Como desde niños aprenden a ser muy adultos, tienen un niño preso en su interior, es como si hubieran aprendido a controlar a su niño, encerrándolo bajo llave en una parte de su interior. Por eso son personas muy controladas, sobre todo en las emociones. Aunque pueden ser muy sensibles, suelen desconectarse de sus emociones porque no saben cómo lidiar con ellas.

El error más grande de la persona con esta herida es la injusticia autoimpuesta. Esa incapacidad de darse el derecho a equivocarse, a ser libre, sentir, o ser siempre bueno, la incapacita para la felicidad. Se esfuerza por ser buena, hacer lo correcto, ser aceptada y respetada. Todo parece perfecto, el problema es la automutilación de sus necesidades para lograr esa perfección que no existe en la vida.

Una persona con herida de injusticia muy fuerte puede controlarse por muchos años, pero llega un momento que la liga del control se rompe y pierden el dominio de todo. Las necesidades no resueltas se salen de control y todo lo no permitido se manifiesta con mucha fuerza. En esta instancia se requiere de un proceso profundo de aceptación del yo vulnerable, un trabajo con la herida de injusticia que llevó al niño al destierro y ahora necesita ser rescatado y ganar control desde la confianza, el amor y el respeto por sus necesidades. 

ANDREA

Andrea tuvo que salir de su casa a los 14 años, harta de la violencia, la pobreza y la falta de respeto que vivía con sus padres, quienes le exigían dejar la escuela para encargarse de sus tres hermanos y limpiar la casa. Ella quería estudiar, estaba cansada de ser la mamá de sus hermanos desde que era chica. Era la mayor. Trabajó y estudió todo el tiempo, buscó rentar un cuarto y arreglárselas sola para salir adelante. Terminó la universidad, ahora tiene un buen trabajo, encontró a un hombre que la quiere y se casó. Sin embargo, nunca pudo tener hijos. Hoy tiene una vida que jamás imaginó, llena de tranquilidad en todos los niveles, pero no sabe disfrutar nada, siempre está de malas, su esposo se ausenta para no escuchar sus quejas y enojos. Ella es impaciente, por ejemplo, cuando espera al doctor o en un restaurante, siente que le dan un trato injusto. Vive a la defensiva, se pelea en todos lados exigiendo que las cosas sean como ella las desea.

Las personas le tienen miedo y se alejan de ella, incluso Juan, su marido, que la quiere tanto, porque le desespera su mal carácter y su incapacidad de disfrutar lo que tiene. Físicamente es muy guapa, delgada, elegante, inteligente, ha logrado muchas cosas, pero no sabe estar en paz ni disfruta, todo el tiempo está peleada con la vida.

La historia de trabajo tan dura y todas las circunstancias que pasó la pusieron a la defensiva y llena de enojo. Andrea tiene que reconciliarse con la vida, con sus padres, con la niña que fue.

PERMISO SANADOR

Hoy, un camino de sanación para Andrea es ser su propia madre-padre, completar esos ciclos pendientes dándose la oportunidad de vivir en el aquí y en el ahora, una experiencia de vida más tranquila con menos deberes y más quereres. Dejarse de exigir todo el tiempo y estar a la defensiva. Es un proceso complejo. Desaprender es difícil, pero el camino se disfruta día a día.

Para ser buenos padres debemos tener la capacidad de dar en equilibrio, incluso aquello que nuestros padres no pudieron darnos, y para darlo, debe estar en nosotros.

El permiso sanador es no tienes que ser bueno siempreCuando elegimos sanar nuestras heridas, elegimos darnos aquello que no recibimos en nuestra infancia, en un proceso amoroso, paciente, constante y determinante. Es normal que no nos salga siempre y que nos frustremos porque caemos en los mismos patrones.

La frase clave para esta herida es “derecho a ser niño”, a tener los valores de un niño (flexibilidad, capacidad de asombro, juego, alegría y disfrute, libertad, derecho a aprender, derecho a equivocarse, protección y afecto).

El veneno de tu personalidad es competir y compararte, auto-exigirte, auto-perseguirte, ser rígido, criticar a los demás, no disfrutar lo que haces y vivir en el deber.

El antídoto de tu personalidad es darte permiso a equivocarte, hacer actividades que disfrutes, tener espacios con niños o animales, hacer cosas sin plan, ser espontáneo, bailar, cantar, cultivar un arte, permitirte sentir las emociones y aprender de ellas, ser respetuoso con tus límites, hacer de la injusticia una forma de cambio sin pelea, ampliar la capacidad de disfrute, equilibrar el deber y el querer.

ANAMAR ORIHUELA: “Transforma las heridas de tu infancia”

 

Marilín Zijlstra – Octubre 2020