Compartir bienestar 3

COMPARTIR BIENESTAR – DÍA 3

«UNA PERSPECTIVA DE LA EDAD Y UN POEMA DE AMOR»

Mensaje introductorio

Espero estén disfrutando tanto como yo de este compartir. Aunque no tenemos intercambios de palabra, nuestra energía vibra en la misma frecuencia y asciende cuando estamos conectados. Gracias por este privilegio.

Hermoso material tenemos hoy para compartir, para reflexionar, para sentir y dejar decantar. Un texto de Thomas Moore que nos ofrece una perspectiva agradable acerca de la edad y un intenso poema de amor, que podrán encontrar en este link.

Material

 

LA IMAGEN DE LA EDAD Y LA NOCHE OSCURA

“Con cada cumpleaños usted siente el paso del tiempo y es­pecialmente el carácter simbólico de los números. Los trein­ta llevan a uno de una juventud clara e innegable a su ma­durez. Los cuarenta significan el fin de su identificación con los adultos jóvenes. Los cincuenta marcan un giro decisivo hacia la vejez, aunque representan la plenitud de la vida para quienes han rebasado los sesenta y los setenta. El he­cho de recibir una invitación para incorporarse a una aso­ciación de jubilados hace que uno se sienta anciano.

Cada jalón en nuestra vida es un pasaje que nos trae re­cuerdos y pensamientos melancólicos. Pensamos en perso­nas que tenían la edad que tenemos ahora nosotros y nos parece imposible estar en sus circunstancias. Sentimos que hemos dejado atrás buena parte de nuestra vida y que he­mos perdido algo que no nos habíamos percatado que fue­ra tan valioso. Incluso nos parece que nuestro cuerpo es dis­tinto en los momentos en que nos inclinamos del lado de la persona anciana y nos alejamos de la juventud.

Algunas personas caen en un profundo estado depresivo cuando llega su cumpleaños o ante cualquier signo de que están envejeciendo. No es una sensación razonable, ponde­rada, sino un estado de ánimo que hace presa en ellas. El he­cho de envejecer puede generar una noche oscura del alma, produciéndonos la sensación de que no podemos escapar de ella porque es un proceso irreversible. Pero no es así. Existe una fuente de juventud. Podemos recobrar la sensación de estar vivos y dejar de identificarnos con la muerte. Cuando las personas buscan la inmortalidad o la juventud eterna, por regla general lo interpretan literalmente. O bien niegan su edad y mortalidad. Pero podemos redescubrir nuestra juventud en la imaginación sin pretender vivir eternamente. Podemos ser viejos-jóvenes, maduros-animados, pacientes-veloces.

Lo que digo trasciende el viejo refrán de que «envejecer es cosa de la imaginación». Envejecer es más que la idea que tenemos de ese proceso. Es una cualidad de nuestro ser, un aspecto de la vida y el mundo. Penetrar en el arquetipo de la vejez significa aportar a nuestra conciencia un mundo de sentimientos, imágenes y pensamientos. Uno no diría nunca que ha caído en la noche oscura de la juventud, pero sí lo diría con respecto a la vez. Cuando envejecemos experimen­tamos una mayor melancolía y nos sentimos más fascinados por el pasado y nuestros recuerdos personales. Yo cuento a mis hijos con frecuencia anécdotas de mi infancia, al igual que mis padres y mis abuelos me las contaban a mí.

En ocasiones cuento una anécdota de cuando era niño e iba a un cine situado a pocas manzanas de mi casa con unos amigos. Mi madre me daba veinticinco centavos. Con esos veinticinco centavos veía dos largometrajes, dos seriales, diez dibujos animados y un sinfín de tráilers. Me compraba caramelos y una bolsa llena de chucherías. Luego, cuando regresaba a casa, mi madre me pedía el cambio.

Me encanta relatar esta anécdota. Cuando lo hago mis hijos protestan indignados, lo cual me produce un enorme gozo. Pero también contiene cierta melancolía, una año­ranza de los tiempos pasados y cierta ansiedad sobre el presente, puesto que la vida en una sociedad que avanza rápidamente es cara y no excesivamente generosa. La anécdota va un poco más allá, indicando que los niños es­tán ahora a merced de la obsesión por acumular dinero y que pagamos un elevado precio emocional para tratar con personas que no parecen tener sentimientos tan humanos como antes.

Mi pequeña anécdota sirve también para unir, y al tiem­po diferenciar, al anciano y a los niños de corta edad, la ve­jez y la juventud. Es un medio en que el anciano conecta con los jóvenes, ofreciéndoles imágenes de la vejez, mien­tras ellos, un público receptivo, vivifican al anciano permi­tiéndole relatar sus reminiscencias. El anciano aporta el es­píritu de la vejez al mundo que acaba de hacer su entrada. 

Cuando tenía veinte años conocí a un hombre de más de setenta que se convirtió en mi amigo y mentor. Yo vivía en Ir­landa y era alumno en un monasterio, donde me había inscri­to en un curso de dos años de filosofía. Quería conocer una parte del arte que ofrece Irlanda, de modo que escribí inge­nuamente al departamento de relaciones públicas de la Na­tional Gallery de Dublín. El director, Thomas McGreevy, me contestó invitándome a ir a verlo. A lo largo de casi dos años nos reunimos en varias ocasiones para conversar principal­mente sobre sus amigos, que formaban un asombroso grupo de escritores y artistas entre los que se contaban W. B. Yeats, Jack Yeats, D. H. Lawrence, James Joyce y Samuel Beckett.

Cuando regresé a Estados Unidos, McGreevy me escri­bió una carta conmovedora que guardo entre mis tesoros personales. En ella plasma la idea que he bosquejado aquí sobre el hecho de que la juventud y la vejez se entrecruzan: «Confío en que dentro de cuarenta años aparezca inespera­damente otro Tom Moore que te dé renovados ánimos, te haga comprender que tu apostolado no ha concluido y que tú respondas a su necesidad al igual que él a la tuya. Del mismo modo en que mi Tom Moore, bendito sea, apareció inesperadamente en mi vida».

Ahora me aproximo a esa época de mi vida, confiando en que un o una joven aparezca inocentemente en busca de un mentor y que me restituya una parte de mi juventud. Po­demos regalarnos esos preciosos dones. El remedio de una noche oscura de la vejez es un atisbo de inmortalidad juve­nil. Los jóvenes poseen la planta de la inmortalidad que Gil-gamesh buscaba, encontró y perdió. Ellos la poseen en sus ilusiones de inmortalidad.”

THOMAS MOORE: “La noche oscura del alma”

Marilín Zijlstra – Octubre 2020