CB 2021 – 8

COMPARTIR BIENESTAR 2021 – 8

Hola hola, ¡feliz día para este Compartir!

El tema que surgió hoy para compartir con ustedes es re interesante, porque creo que en mayor o menor medida nos atraviesa a todos. ¿Quién puede afirmar que nunca reaccionó de manera exagerada ante algún hecho o persona? ¿Hay alguien?… ¿De verdad?

Bueno…entonces formulo la pregunta de otra forma: ¿Quién puede afirmar que nunca reaccionó de manera exagerada ante algún hecho o persona, independientemente de si la reacción se exteriorizó o quedó dando vueltas en el cuerpo en forma de emociones o pensamientos fuertes?

¡Ajá! Creo que todos nos quedamos mudos.

Realmente a todos nos pasa que, en ciertas situaciones, nos dejamos llevar por lo primero que se nos cruza, reaccionamos desproporcionadamente y luego quedamos muy confundidos. Hay quienes ya tienen este mecanismo tan instalado que no saben relacionarse consigo mismos y con los demás de otra forma. Y hay otros que nunca reaccionan hacia afuera, pero solamente porque tienen una barrera que les impide hacerlo, absorbiendo su propio cuerpo gran parte de los efectos del impacto.

Hace unos días escuchaba a la Dra. Nazareth Castellano, experta en neurociencias, decir que “nuestro cerebro no puede olvidar o suprimir programas, pero sí reemplazarlos o sustituirlos por otros”. Es decir, nuestro cerebro es como una computadora con un montón de programas instalados, y para dar de baja uno de ellos es necesario sustituirlo por otro. Pero, a diferencia de las computadoras, en las cuales podemos copiar y pegar, en nuestra vida esto requiere de un trabajito, señoras y señores, para crear, alimentar y sostener un nuevo programa que vaya tomando fuerza hasta que finalmente “pese más” que el anterior.

El Compartir Bienestar de hoy cuenta con dos interesantes miradas sobre este tema, que incluyen teoría y práctica, para leer con tranquilidad y desmenuzar con tiempo. Y, al finalizar esta lectura, les comparto una herramienta que yo suelo utilizar frente a la amenaza interna de reacción desmedida en situaciones que me generan estrés.

Las reacciones automáticas son como un virus que se propaga y expande si no aprendemos a gestionarlas, nos hacen mucho daño a todos, infectando de toxinas energéticas nuestros cuerpos y sacándonos del equilibrio. Con esta consciencia, acompañemos entonces la lectura con esta música que nos invita a limpiarnos internamente del virus de la reacción, para reemplazarlo progresivamente por la serenidad, la paciencia, la amabilidad, la alegría y la aceptación.

Que sea para nuestro mayor bien, un abrazo Marilín.

EL VIRUS DE LA REACCIÓN

No te dejes arrastrar por cualquier viento

Del libro “Ya no seas codependiente” de Melody Beattie 

“Yo soy una reaccionaria”. Ese pensamiento me hacía mella profundamente en la conciencia un día que estaba sentada en mi oficina.  Había escuchado a la gente hablar sobre lo que es reaccionar, pero hasta ese momento no había entendido qué tanto había reaccionado yo.   Había reaccionado a los sentimientos, conductas, problemas y pensamientos de otras personas.  Había reaccionado a mis propios sentimientos, mis propios pensamientos, mis propios problemas.  Mi punto fuerte parecía ser el de reaccionar a las crisis, pensaba que casi todo era una crisis. Reaccionaba en exceso.  Dentro de mí se cocinaba un pánico oculto (que rayaba en la histeria) la mayor parte del tiempo. A veces reaccionaba escasamente. Si el problema que enfrentaba era significativo, a menudo usaba el arma de la negación.  Reaccionaba a casi todo lo que entraba en mi conciencia y en mi medio ambiente.  Mi vida entera había sido una reacción a las vidas, deseos, problemas, fracasos, éxitos y personalidades de otras personas.  Hasta mi baja autoestima, en la cual hurgaba como en una bolsa de pestilente basura, había sido una reacción.  Era como una marioneta con las cuerdas colgando, invitando y permitiendo que las jalara cualquier persona o cosa.

La mayoría de los codependientes son reaccionarios. Reaccionamos con ira, culpa, vergüenza, odio a nosotros mismos, preocupación, sentimientos heridos, gestos controladores, acciones solícitas, depresión, desesperación y furia. Reaccionamos con miedo y ansiedad. Algunos de nosotros reaccionamos tanto que nos resulta doloroso estar cerca de la gente, y torturante encontrarnos dentro de un grupo grande de personas. Es normal reaccionar y responder a nuestro medio ambiente.  Reaccionar es parte de la vida.  Es parte de interactuar, es parte de ser humano y de estar vivo. Pero nos permitimos irritamos tanto y distraernos tanto. Pequeñeces, cosas mayores —lo que sea— tienen el poder de descarrilarnos. Y nuestra respuesta después de que reaccionamos a menudo no es la que más nos conviene.

Podemos haber empezado a reaccionar y a responder urgente y compulsivamente con patrones que nos lastiman. El solo hecho de sentir urgencia y compulsión es suficiente para herirnos. Nos mantenemos en un estado de crisis, fluyendo la adrenalina y tensos los músculos, listos para reaccionar ante emergencias que generalmente no son tales.

Alguien hace algo, de modo que nosotros debemos hacer algo a la vez. Alguien se siente de determinada manera de modo que nosotros debemos sentirnos de otra determinada maneraBRINCAMOS DENTRO DEL PRIMER SENTIMIENTO QUE NOS ATRAVIESA Y LUEGO NOS EMPANTANAMOS EN ÉL.  Pensamos en el primer pensamiento que cruza por nuestra cabeza y luego elucubramos sobre él. Decimos lo primero que nos viene a la lengua y a veces nos arrepentimos. Hacemos lo primero que nos viene a la mente, generalmente sin pensarlo. Ese es el problema: reaccionamos sin pensar, sin haber pensado honestamente lo que necesitamos hacer y cómo queremos manejar la situación. Nuestras emociones y conductas controladas   —disparadas—   por cualquier persona o cosa en nuestro entorno. Indirectamente estamos permitiendo que los demás nos digan qué hacer. Eso significa que hemos perdido el control. Estamos siendo controlados.

Cuando reaccionamos abdicamos a nuestro poder personal, dado por Dios, para pensar, sentir y actuar de acuerdo con nuestro mejor interés. Permitimos que otros determinen cuándo nos sentiremos felices; cuándo nos sentiremos en paz; cuándo nos sentiremos irritados; y qué es lo que diremos, haremos, pensaremos y sentiremos.  Abdicamos a nuestro derecho de sentirnos en paz al capricho de nuestro medio ambienteSomos como un trozo de papel a merced de la tormenta, dejándonos arrastrar por cualquier viento.

He aquí un ejemplo de la manera en que suelo reaccionar (una entre tantas): mi oficina está en mi casa, y tengo dos hijos pequeños.  A veces, cuando estoy trabajando, comienzan a alocarse en las otras habitaciones:  pelean, corren, revuelven toda la casa, comen y beben todo lo que encuentran en la cocina. Mi primera reacción instintiva es gritarles: “¡Párenla!”; la segunda es gritarles más.  Me viene de una manera natural. Reaccionar de esa forma parece más fácil que abandonar mi oficina, ir hasta el cuarto de lavado y luego dirigirme al piso de arriba. También me parece más fácil que pensar cómo manejar la situación. Lo cierto es que bramar y gritar no sirven de nada. En realidad, no representan la salida más fácil. Me irrita la garganta y enseña a mis hijos cómo hacer para que yo me siente en mi oficina y dé alaridos. 

Reaccionar casi nunca funciona. Reaccionamos   demasiado aprisa, con demasiada intensidad y urgencia. Rara vez podemos hacer lo más adecuado cuando nos encontramos en ese estado mental, Resulta irónico que no se nos requiera para hacer las cosas en este estado mental. Poco hay en nuestras vidas que no podamos hacer mejor si permanecemos apacibles. Pocas situaciones —no importa qué tanto parezcan demandarlo— pueden mejorarse si perdemos los estribos.

Entonces, ¿por qué lo hacemos?

  • Reaccionamos porque estamos ansiosos y temerosos de lo que está sucediendo, de lo que podría suceder y de lo que ha sucedido.
  • Muchos reaccionamos como si todo fuera una crisis porque hemos vivido tantas crisis durante tanto tiempo que la reacción a la crisis se ha convertido en un hábito.
  • Reaccionamos porque pensamos que no deberían estar sucediendo las cosas como suceden. Reaccionamos porque no nos sentimos bien con nosotros mismos.
  • Reaccionamos porque la mayoría de la gente reacciona. Reaccionamos porque pensamos que tenemos que reaccionar. No tenemos que hacerlo.

No debemos tener tanto miedo de la gente. Son gente como nosotros.

No tenemos que abdicar a nuestra paz. No sirve de nada.  Disponemos de los mismos recursos y hechos cuando estamos en paz que de los que disponemos cuando estamos en un estado frenético y caótico. De hecho, disponemos de más recursos porque nuestras mentes y emociones están libres de actuar a su mayor potencial.

No debemos abdicar a nuestro poder para pensar y sentir por cuenta de los demás. Tampoco eso se requiere de nosotros.

No tenemos que tomar las cosas tan a pecho (a nosotros mismos, a los eventos y a las otras personas). Sacamos las cosas fuera de toda proporción —nuestros sentimientos, pensamientos, acciones y errores—. Hacemos lo mismo con los sentimientos, pensamientos y acciones de otras personas. Nos decimos a nosotros mismos que las cosas son temibles, terribles, una tragedia y el fin del mundo. Muchas cosas pueden ser tristes, muy malas o desagradables, pero lo único que es el fin del mundo es el fin del mundo. Los sentimientos son importantes, pero son sólo sentimientos. Los pensamientos son importantes, pero son tan sólo pensamientos y todos pensamos en muchas cosas diferentes, y nuestros pensamientos están sujetos a cambio. Lo que hacemos y decimos es importante, lo que otros dicen y hacen es importante, pero el mundo no pende de ninguna frase o acción en particular.  Y si es particularmente importante decir o hacer algo, no nos preocupemos: sucederá. Aligérate. Date a ti mismo y a los demás, espacio para moverse, para hablar, para ser lo que somos: humanos.  Dale oportunidad a la vida para que las cosas se den solas.  Date a ti mismo oportunidad para disfrutarlo.                     

No debemos tomar la conducta de otras personas como el reflejo de nuestra autoestima.   No tenemos que sentirnos avergonzados si alguien a quien amamos se comporta en forma impropia.

Cada persona es responsable de su propia conducta. Si otro se comporta de manera inadecuada, deja que él o ella se avergüencen de sí mismos. Si tú no has hecho nada que te haga avergonzarte, no te sientas avergonzado. Sé que esta es una tarea difícil, pero puedes lograrlo.

No tenemos que tomar el rechazo como reflejo de nuestra autoestima. Si alguien importante para ti (o aun alguien que no lo sea) te rechaza a ti o a lo que has elegido, tú sigues siendo real, sigues teniendo el mismo valor que si no hubieras sido rechazado.  Asume cualquier sentimiento que pueda acompañar al rechazo; habla acerca de tus pensamientos no des en prenda tu autoestima sólo porque otro rechazó o desaprobó lo que tú eres o lo que has hecho. Aun si la persona más importante para ti te rechaza, tú sigues siendo real, y sigues estando bien. Si has hecho algo impropio o necesitas solucionar un problema o cambiar una conducta, sigue los pasos adecuados para ocuparte de ti mismo. Pero no te rechaces, y no le des tanto poder al rechazo de los demás. No es necesario.

No tenemos que tomar las cosas de manera tan personal.   Tomarnos a pecho cosas que no valen la pena de tomarse tan a pecho.   Por ejemplo, decirle a un alcohólico: “si me amaras no beberías», tiene tanto sentido como decirle a alguien que tiene pulmonía: ‘‘si me amaras no toserías». Las víctimas de la pulmonía toserán hasta que tengan tratamiento adecuado para su enfermedad. Los alcohólicos beberán hasta que consigan lo mismo. Cuando la gente que tiene un trastorno compulsivo hace cualquier cosa que se sienta obligada a hacer, no quieren decir que no te aman, lo que están diciendo es que no se aman a sí mismas.

Tampoco tenemos que tomarnos de una manera personal las pequeñeces. Si alguien ha tenido un mal día o está enojado, no asumas por ello que tiene algo que ver contigo. Puede tener algo que ver contigo o no. Si así es, lo descubrirás. Generalmente las cosas tienen mucho menos que ver con nosotros de lo que pensarnos.

Una interrupción, el mal humor de otro, una lengua aguda, un mal día pensamientos negativos, problemas o el alcoholismo activo no tienen por qué manejar o arruinar nuestro día, ni siquiera una hora de nuestro día. Si la gente no quiere estar con nosotros o actuar de una manera saludable, esto no es reflejo de nuestra autoestima.  Refleja, en cambio sus propias circunstancias actuales.  Al practicar el desapego podemos disminuir nuestras reacciones destructivas hacia el mundo que nos rodea. Sepárate de las cosas.  Déjalas estar, y deja que la gente sea como es. ¿Quién eres tú para decir que la interrupción, el estado de ánimo, las palabras, el mal día, el pensamiento o el problema no son una parte importante y necesaria de la vida? ¿Quién eres tú para decir si este problema no será en último término benéfico para ti o para alguien más?

No tenemos que reaccionar. Tenemos opciones. Esta es la alegría de la recuperación de la codependencia. Y cada vez que ejercitamos nuestro derecho para elegir cómo queremos actuar, pensar, sentir y comportarnos, nos sentimos mejores y más fuertes.

“Pero”, podrán ustedes protestar, “¿por qué no debo reaccionar?  ¿Por qué no debo replicar? ¿Por qué no debo irritarme?  Él o ella se merecen cargar con el peso de mi torbellino”.  Podría ser, pero tú no debes hacerlo.  Estamos hablando aquí de tu falta de paz, de serenidad, de tus momentos desperdiciados.  Como solía decir Ralph Edwards, “Esta es tu vida”.  ¿Cómo quieres usarla? 

Somos como cantores de un gran coro. Si el que está junto a nosotros desentona, ¿debemos hacerlo nosotros también? ¿No le ayudaría más a él, y a nosotros, tratar de seguir entonado?  Podemos aprender a cumplir con nuestra parte.

No necesitamos eliminar todas nuestras reacciones hacia la gente y hacia los problemas. Las reacciones pueden ser útiles. Pueden ayudarnos a identificar lo que nos gusta y lo que nos hace sentirnos bien. Nos ayudan a identificar los problemas dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Pero la mayoría de nosotros reaccionamos demasiado.  Y gran parte de las cosas a las que reaccionamos son tonterías. No son tan importantes, y no ameritan el tiempo ni la atención que les damos. Algunas de nuestras reacciones son respuestas a las reacciones que los demás tienen frente a nosotros (“estoy furiosa porque él se puso furioso; él se puso furioso porque yo estaba enojada; yo estaba enojada porque pensé que él estaba enojado conmigo; pero no estaba enojado sino herido porque…”).

Nuestras reacciones pueden ser el eslabón de una cadena de reacciones tal que a menudo los involucrados están irritados y nadie sabe por qué. Simplemente están irritados. Luego, todos están fuera de control y a la vez son controlados. A veces la gente se comporta de cierta manera para provocar que nosotros reaccionemos de otra. Si dejamos de reaccionar de esta cierta manera, la privamos de lo divertido que esto le resulta. Quedamos fuera de su control y le quitamos el poder que tiene sobre nosotros.

A veces   nuestras   reacciones   provocan  que los demás   reaccionen   de cierto   modo (pero   no necesitamos seguir haciéndolo, ¿o sí?). A veces el reaccionar estrecha nuestra visión en tal forma que nos quedamos varados reaccionando a los síntomas o a los problemas. Podemos estar tan ocupados reaccionando que no tenemos tiempo ni energía para identificar el problema real, y mucho menos para descubrir cómo solucionarlo. Podemos pasar años reaccionando ante cada incidente provocado por la bebida y la crisis resultante, ¡fallando completamente en reconocer que el verdadero problema es el alcoholismo!  Aprende a dejar de reaccionar de maneras que no son necesarias y que no funcionan.   Elimina las reacciones que te lastiman.

Siguen algunas sugerencias para ayudarte a desapegarte de la gente y de tus reacciones negativas hacia ella. Estas son sólo sugerencias.  No existe una fórmula específica para lograr el desapego.  Necesitas encontrar tu propia manera, una que te funcione a ti.

  1. Aprende a reconocer cuando estás reaccionando, cuándo estás permitiendo que alguien o algo tire de tus cuerdas. Generalmente cuando empiezas a sentirte ansioso, temeroso, indignado, rechazado, avergonzado, preocupado, confundido o a padecer auto-conmiseración, hay algo en tu medio ambiente que te respecto.)  Emplear las palabras ha hecho nudos.  (No afirmo que esté mal experimentar estos sentimientos.  Probablemente cualquiera se sentiría así.  La diferencia estriba en que estamos aprendiendo a decidir por cuánto tiempo deseamos seguir sintiéndonos así, y qué queremos hacer al “ella, o él o eso me hicieron sentir” a menudo indica que estamos reaccionando.  Perder nuestra sensación de paz y serenidad probablemente es el indicador más poderoso de que estamos atrapados en algún tipo de reacción.
  2. Ponte cómodo.  Cuando reconoces que estás en medio de una reacción caótica, di o haz lo menos posible hasta que puedas restaurar tu nivel de serenidad y de paz. Haz cualquier cosa que necesites hacer (que no sea destructivo para ti ni para nadie más) que ayude a relajarte. Inhala profundamente unas cuantas veces. Sal a caminar. Limpia la cocina.  Siéntate en el baño. Ve a casa de un amigo. Acude a una junta de Al-Anón. Lee un libro de meditación. Vete a la playa.  Mira un programa de televisión. Encuentra una manera de separarte emocional, mental (y si es necesario) físicamente de aquello a lo que estás reaccionando. Busca una forma de librarte de la ansiedad. No tomes un trago ni manejes por la calle a 100 kilómetros por hora. Haz algo que no sea arriesgado y que te ayude a restaurar tu equilibrio.
  3. Analiza lo que ha sucedido. Si se trata de un incidente menor, serás capaz de sobreponerte tú solo. Si el problema es serio, o si te perturba seriamente, tal vez quieras discutirlo con un buen amigo que te ayude a aclarar tus pensamientos y emociones.  Las dificultades y los sentimientos crecen cuando tratamos de apresarlos en nuestro interior. Habla acerca de tus sentimientos. Asume la responsabilidad de ellos. Siente verdaderamente lo que estés sintiendo. Nadie te hizo sentir así. Alguien pudo haberte ayudado a que te sintieras de determinada manera, pero el sentimiento lo sentiste tú. Manéjalo. Luego, esclarece tú mismo la verdad sobre lo que sucedió. ¿Estaba alguien tratando de molestarte?  (Si hay duda al interpretar algo como un insulto o rechazo, prefiero creer que eso no tuvo nada que ver conmigo.  Me ahorra tiempo y me ayuda a sentirme bien conmigo misma.)  ¿Estabas tratando de controlar a alguien o algún evento?  ¿Qué tan serio es el problema o el asunto?  ¿Estás tomando la responsabilidad de otro? ¿Estás enojado porque alguien no adivinó lo que en realidad querías o lo que en verdad querías decir? ¿Estás tomando la conducta de otro de un modo demasiado personal? ¿Alguien oprimió tus botones de culpa o de inseguridad? ¿Es en verdad el fin del mundo, o es meramente algo triste y decepcionante?
  1. Toma tus decisiones basándote en la realidad y tómalas en un estado de ánimo apacible.¿Necesitas pedir disculpas? ¿Quieres olvidarte del asunto?¿Necesitas hablar con alguien de corazón a corazón? ¿Necesitas tomar otra decisión para cuidar de ti mismo? Cuando tomes tu decisión ten en mente cuáles son tus responsabilidades. No tienes la responsabilidad de que los otros “vean la luz” y no necesitas “enderezarlos”. Tienes la responsabilidad de ayudarte a ti mismo a ver la luz y de enderezarte.  Si no te sientes en paz con alguna decisión, olvídala.  No es tiempo para tomarla todavía.  Espera hasta que tu mente esté consistente y tus emociones estén tranquilas.
  1. Cálmate. No necesitas sentirte tan asustado. No necesitas sentirte tan frenético. Mantén las cosas en perspectiva. ¡Hazte la vida más fácil!

Actividad

  • ¿Gastas demasiado tiempo reaccionando ante alguien o ante algo en tu entorno? ¿Quién o qué? ¿Cómo estás reaccionando? ¿Es así como te gustaría comportarte o sentirte si tuvieras la posibilidad de elegir?
  • Revisa los pasos previos del desapego y aplícalos a cualquier cosa o persona que te esté molestando más. Si necesitas hablar con alguien escoge un amigo de confianza. Si es necesario busca ayuda profesional.
  • ¿Qué actividades te ayudan a sentirte cómodo y en paz? (Una ducha de agua bien caliente, una buena película y bailar son mis opciones favoritas.)

¿Estás respondiendo o reaccionando?

Extraído de https://thebestbrainpossible.com

¿Cuál es la diferencia entre responder y reaccionar? Si bien la distinción puede parecer semántica, el impacto de cada uno en su vida puede ser enorme porque reaccionar es un comportamiento instintivo dirigido por el cerebro reptil, y responder es una elección consciente que involucra información del cerebro más evolucionado.

En su libro “Developing a Buddha Brain One Simple Practice at a Time”, Rick Hanson explica cómo los dos difieren en su cerebro. Para simplificar drásticamente, el cerebro humano evolucionó en etapas comenzando con el cerebro reptil, el tronco del encéfalo, que se ocupa principalmente de evitar daños. A continuación, se desarrolló el cerebro de los mamíferos, el sistema límbico, que se centra en las recompensas que se aproximan. Finalmente, se formó el cerebro humano, la corteza, que tiene que ver con el apego. En cada ser humano de hoy, estos tres sistemas están constantemente en funcionamiento.

La diferencia en tu cerebro

Cuando algo sucede en el entorno que te hace sentir un poco amenazado, desde alguien que te interrumpe en el tráfico hasta un compañero de trabajo que hace un comentario crítico, tu cerebro reptil se activa en el modo reactivo de lucha o huida. Hace un millón de años, esto era bueno para mantener vivos a nuestros antepasados; sin embargo, en el mundo actual, sucede con demasiada frecuencia. Siempre que esté presionado, preocupado, irritado o decepcionado, este mismo mecanismo se activa en el que no solo se siente mal y puede provocar ansiedad y depresión, sino que es pésimo para su salud física, ya que el estrés crónico contribuye a debilitar el sistema inmunológico y aumentar el riesgo de ataque cardíaco. y accidente cerebrovascular.

En este modo reactivo, su cerebro evitador expresa miedo e ira. El cerebro que se aproxima vuelve a una perspectiva de escasez que se manifiesta como codicia que va desde el anhelo hasta la adicción. El sistema de apego se mueve a una posición de dolor que puede incluir sentimientos de abandono, inutilidad o soledad.

Cuando te sientes seguro y satisfecho, el sistema de evasión de tu cerebro está en calma, el impulso que se acerca está contento y la orientación del apego es cariñosa. En este modo de respuesta, su cerebro se calma, se regocija y se repone. La buena noticia es que este es el estado natural de reposo de su cerebro y el lugar donde desea estar para la felicidad y la salud. La mala noticia es que muchos de nosotros pasamos la mayor parte del tiempo en modo reactivo.

Reaccionar es instintivo. Responder es una elección consciente. Cuando algo sucede, nuestro cuerpo va a reaccionar automáticamente independientemente. El truco es tomar conciencia de esta reacción inicial, resistirse a hacer cualquier cosa, involucrar a su inteligencia superior al considerar opciones, posibles ramificaciones, quién quiere ser y qué será lo mejor para usted y, luego, elegir cómo hacerlo. responder.

En el artículo «Responder vs. Reaccionar», J. Loeks escribe:

“El acto de responder requiere que uno observe la circunstancia, identifique el problema o la situación, escuche lo que está sucediendo y reflexione. Esa reflexión puede ser por un momento, cinco segundos, una hora, dos días o más. El marco de tiempo no importa. Lo que importa es que se detuvo y se esforzó por pensar y suspendió el juicio. Es un acto consciente y muestra que estás dispuesto a escuchar u observar. Esta «brecha» entre la circunstancia y su comportamiento es lo que contribuye a ganar una sensación de control en su vida. Una vez que una persona puede identificar que, al responder, realmente tiene una opción en la forma, comenzará a darse cuenta de que es capaz de tomar mejores decisiones. La clave es esa pausa. Si la situación requiere una acción inmediata, primero respire hondo”.

La diferencia en tu vida

Aprender a responder en lugar de reaccionar, lo que ha llevado años, ha marcado una enorme diferencia positiva en mi vida. Solía ser increíblemente reactivo, lo que podría empeorar una mala situación o incluso una buena situación muy rápidamente y tener consecuencias dañinas. Por ejemplo, traté de suicidarme, lo que resultó en una lesión cerebral grave y en la pérdida de la custodia de mis hijos. ¿No es la máxima reacción intentar suicidarse?

Un artículo que leí decía que la diferencia entre responder y reaccionar era de unos diez segundos. Para mí, puede ser mucho más largo e, incluso entonces, todavía no lo hago bien a veces. Para mí es asombroso poder sentarme en algo durante días, ser bueno y no reaccionar, meditar sobre el tema y pensar conscientemente en cómo quiero responder, solo para enviar un correo electrónico que me he convencido de que no es reactivo y que Inmediatamente me doy cuenta de que es exactamente eso después de presionar «enviar».

Aprender a volverse no reactivo es un desafío continuo, pero se vuelve más fácil cuanto más anula el cerebro reptil que involucra a su cerebro receptivo. Rick Hanson escribe en «Developing a Buddha Brain One Simple Practice at a Time»:

“Cada vez que descansa en el modo de respuesta de su cerebro, es más fácil volver a casa. Esto se debe a que “las neuronas que se activan juntas, se conectan juntas”: estimular los sustratos neuronales de la calma, la satisfacción y el cuidado los fortalece. Esto también hace que sea más difícil ser conducido desde casa”.

El modo receptivo de su cerebro se puede activar, estimular y reforzar a través de prácticas como la atención plena, la meditación y entrar en el momento presente.

Mi ancla en muchas y variadas situaciones

Un recurso que utilizo con frecuencia frente a la amenaza interna de reacción desmedida en situaciones que me generan estrés, es la respiración acompañada de una imagen mental, una herramienta muy simple pero, a la vez, súper efectiva. Cuando siento que se avecina una reacción interna desequilibrada (ya sea que la misma se pretenda exteriorizar a través de gritos o actitudes fuertes, o que sólo quede adentro en forma de frustración, enojo, inseguridad u otros), comienzo a profundizar la respiración usando las siguientes pautas:

  1. Inhalo lento y profundo, intentando que el aire llegue a la panza también, no sólo al pecho. Simultáneamente imagino que mi corazón se agranda generando un campo energético en forma de círculo que incluye en su interior a toda la situación y las personas involucradas, además de a mí.
  2. Sostengo todo lo que puedo el aire en el interior, sostengo la imagen del círculo que lo abarca todo.
  3. Exhalo lento y profundo, imaginando que las tensiones se van.
  4. Sostengo todo lo que puedo este estado de vacío.

Vuelvo a repetir el ciclo todas las veces que pueda.

Cada uno de los pasos que componen el ejercicio transmite un mensaje específico a nuestro sistema, que podría describirse así:

  1. “Me abro a la situación, la tomo y la acepto”.
  2. “Realizo la transformación en mi interior, tomando el aprendizaje”.
  3. “Suelto lo que no me pertenece o ya no quiero».
  4. “Confío en que se mostrará el camino a seguir”.

Este recurso tiene múltiples beneficios, entre ellos, logra que se genere un espacio entre uno mismo y la reacción (como si pusiéramos un airbag para evitar lastimarnos), ayuda a bajar el ruido mental que nos genera confusión y fomenta la intervención del corazón (desde donde las respuestas o soluciones son siempre mucho más adecuadas), entre muchos otros.

De cada uno de nosotros depende aprender a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás de una manera más sana. ¡Vamos que se puede!

Marilín Zijlstra